Porque El Lisad ero no es un capricho geológico ni una ocurrencia de algún vecino ingenioso. Forma parte de una constelación de más de 280 “peñas resbaladeras” repartidas por toda la Península Ibérica: en Extremadura, Galicia, Ávila, Zamora, Salamanca, Madrid, Toledo, Ciudad Real, Burgos y buena parte de Portugal. Todas comparten una morfología casi ritual: una superficie inclinada, entre 25º y 30º, y una acanaladura que no es obra del azar, sino del roce insistente de cuerpos humanos a lo largo de siglos.
Los estudios
de etnógrafos como Martín Almagro-Gorbea, Paul Sébillot o Julio Esteban Ortega
han permitido reconstruir una verdad que durante mucho tiempo permaneció oculta
bajo capas de pudor, cristianización y silencio: estas piedras fueron lugares
sagrados, peñas sacras de origen neolítico, vinculadas a antiguos ritos
de fertilidad. En Francia, donde la tradición sobrevivió hasta el siglo
XIX, se documentó con claridad: mujeres jóvenes se deslizaban sobre la roca
para propiciar la fecundidad, en un gesto íntimo que unía el cuerpo femenino
con la naturaleza de la roca.
En España, aunque los relatos se han desdibujado, aún quedan ecos. En el valle del Corneja, en Ávila, se considera que solo las niñas deben deslizarse por estas peñas. En Riofrío sobreviven expresiones tan directas como “¡Vete a la Ronchadera para que te embaraces!”. En Valdeobispo, en Cáceres, las mujeres estériles acudían a la resbaladera junto a la ermita de la Virgen de Valverde “en la creencia de que la fricción del vientre con la roca acabaría con la esterilidad”. Y en Burguillos del Cerro, el dicho “esta chica ha pasado por la piedra” era sinónimo de embarazo, o incluso cuando hoy en día se dice “Ha tenido un desliz” o “pasar por la piedra”
Son fragmentos
dispersos, pero todos apuntan a un mismo origen: un rito antiguo, femenino,
íntimo, que buscaba en la piedra la fuerza generadora de la naturaleza.
Robledo de
Chavela también conserva su propio eco de ese pasado. La leyenda de “Las
mujeres rientes de Robledo”, que ayudaban mediante artes mágicas a otras
mujeres con problemas de fertilidad, parece hoy una historia fantástica, casi
un cuento. Pero cuando se la coloca junto a la tradición de las peñas
resbaladeras, adquiere un matiz distinto: el de una memoria transformada,
reinterpretada, pero no extinguida.
Hoy, cuando
alguien se desliza por su superficie pulida, repite un movimiento que ha
atravesado generaciones. Y aunque ya no lo haga para pedir hijos a la tierra,
el gesto conserva algo de su antigua solemnidad, como si la piedra —testigo
paciente— guardara aún la vibración de aquellos cuerpos que la buscaron para
dialogar con lo sagrado.
Quizá por eso,
la próxima vez que nos deslicemos por El Lisadero, convenga hacerlo con un
respeto distinto. No para renunciar al juego, sino para comprender que, bajo la
risa, late un pasado remoto que sigue respirando entre las grietas del granito.
Un pasado que nos recuerda que el paisaje no es solo un escenario: es un
archivo vivo, una memoria que nos mira desde el silencio.
Peñas similares:
Resbaladera de Ceclavín, Cáceres
Ronchadera de Cilleros, Cáceres
Lancha resbaladera de Membrio, Cáceres
Resbaladera de los Arcabuces Trujillo, Cáceres
Peña Resbaladiza Almendralejo, Badajoz.
Peña Refalaera de Arroyo de San Servián, Badajoz
Resbaladera de Campanario, Badajoz
Resbaladera del Rodandero en Malpartida
de la Serena, Bdajoz
Autor: Vecino de Robledo de Chavela que desea guardar el anonimato
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