
En Robledo de Chavela, donde el granito asoma como una columna vertebral
del paisaje y el viento parece arrastrar historias antiguas entre los pinos,
hay una piedra que todos conocen. Una piedra humilde, cotidiana, casi
doméstica. El Lisadero.
Para muchos, no es más que un tobogán natural,
un juego de infancia, un lugar donde la piel rozó la roca y la risa se mezcló
con la emoción. Pero para quien se detiene a mirarla con calma, El Lisadero es
algo más: un fragmento de memoria ancestral que ha sobrevivido, silencioso, a
la erosión del tiempo y del olvido.
Situada en una de las zonas más altas del
pueblo, frente al colegio Nuestra Señora de Navahonda, la piedra ofrece una
panorámica amplia de Robledo. Desde allí, el pueblo parece extenderse como un
cuenco de tejados rojos entre montes. Y justo en ese mirador natural,
generaciones enteras han deslizado su infancia. ¿Cuántos niños y niñas han
sentido en la piel la suavidad de ese granito pulido? ¿Cuántos han repetido,
sin saberlo, un gesto que se remonta miles de años atrás.
Porque El
Lisad ero no es un capricho geológico ni una ocurrencia de algún vecino
ingenioso. Forma parte de una constelación de más de 280 “peñas
resbaladeras” repartidas por toda la Península Ibérica: en Extremadura,
Galicia, Ávila, Zamora, Salamanca, Madrid, Toledo, Ciudad Real, Burgos y buena
parte de Portugal. Todas comparten una morfología casi ritual: una superficie
inclinada, entre 25º y 30º, y una acanaladura que no es obra del azar, sino del
roce insistente de cuerpos humanos a lo largo de siglos.
Los estudios
de etnógrafos como Martín Almagro-Gorbea, Paul Sébillot o Julio Esteban Ortega
han permitido reconstruir una verdad que durante mucho tiempo permaneció oculta
bajo capas de pudor, cristianización y silencio: estas piedras fueron lugares
sagrados, peñas sacras de origen neolítico, vinculadas a antiguos ritos
de fertilidad. En Francia, donde la tradición sobrevivió hasta el siglo
XIX, se documentó con claridad: mujeres jóvenes se deslizaban sobre la roca
para propiciar la fecundidad, en un gesto íntimo que unía el cuerpo femenino
con la naturaleza de la roca.

En España,
aunque los relatos se han desdibujado, aún quedan ecos. En el valle del
Corneja, en Ávila, se considera que solo las niñas deben deslizarse por estas
peñas. En Riofrío sobreviven expresiones tan directas como “¡Vete a la
Ronchadera para que te embaraces!”. En Valdeobispo, en Cáceres, las mujeres
estériles acudían a la resbaladera junto a la ermita de la Virgen de Valverde
“en la creencia de que la fricción del vientre con la roca acabaría con la
esterilidad”. Y en Burguillos del Cerro, el dicho “esta chica ha pasado por la
piedra” era sinónimo de embarazo, o incluso cuando hoy en día se dice “Ha tenido
un desliz” o “pasar por la piedra”
Son fragmentos
dispersos, pero todos apuntan a un mismo origen: un rito antiguo, femenino,
íntimo, que buscaba en la piedra la fuerza generadora de la naturaleza.
Robledo de
Chavela también conserva su propio eco de ese pasado. La leyenda de “Las
mujeres rientes de Robledo”, que ayudaban mediante artes mágicas a otras
mujeres con problemas de fertilidad, parece hoy una historia fantástica, casi
un cuento. Pero cuando se la coloca junto a la tradición de las peñas
resbaladeras, adquiere un matiz distinto: el de una memoria transformada,
reinterpretada, pero no extinguida.
Quizá El
Lisadero no sea solo un tobogán natural. Es un lugar donde la infancia contemporánea se
cruza, sin saberlo, con los gestos de mujeres que vivieron hace miles de años.
Un punto donde el juego y el rito se tocan, donde la risa de los niños resuena
sobre una piedra que fue, en otro tiempo, escenario de deseos, miedos,
esperanzas y vida.
Hoy, cuando
alguien se desliza por su superficie pulida, repite un movimiento que ha
atravesado generaciones. Y aunque ya no lo haga para pedir hijos a la tierra,
el gesto conserva algo de su antigua solemnidad, como si la piedra —testigo
paciente— guardara aún la vibración de aquellos cuerpos que la buscaron para
dialogar con lo sagrado.
Quizá por eso,
la próxima vez que nos deslicemos por El Lisadero, convenga hacerlo con un
respeto distinto. No para renunciar al juego, sino para comprender que, bajo la
risa, late un pasado remoto que sigue respirando entre las grietas del granito.
Un pasado que nos recuerda que el paisaje no es solo un escenario: es un
archivo vivo, una memoria que nos mira desde el silencio.
Peñas similares:
Resbaladera de Aldea Moret, Cáceres
Resbaladera de Ceclavín, Cáceres
Ronchadera de Cilleros, Cáceres
Lancha resbaladera de Membrio,
Cáceres
Resbaladera de Plasenzuela, Cáceres
Resbaladera de los Arcabuces
Trujillo, Cáceres
Peña Resbaladiza Almendralejo, Badajoz.
Peña Refalaera de Arroyo de San Servián, Badajoz
Resbaladera de Campanario, Badajoz
Resbaladera del Rodandero en Malpartida
de la Serena, Bdajoz
Piedra Refaliza de Usagre, Bdajoz
Autor: Vecino de Robledo de Chavela que desea guardar el anonimato
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